martes, 26 de junio de 2012

Las joyas de Montevideo. Primera Parte


En 1830 Uruguay tenía apenas 70 mil habitantes; en 1900 había un millón; es decir, la población se multiplicó 14 veces en tan sólo 70 años. Por supuesto que en este fenómeno influyó el aumento de la tasa de la natalidad y el decremento de la mortalidad pero el factor decisivo en esta explosión demográfica fue la inmigración europea.

Los registros históricos cuentan que entre 1875 y 1890 se produjo la mayor corriente inmigratoria en Uruguay, en este período entraron al país miles y miles de españoles e italianos, principalmente los segundos. La llegada de los europeos no sólo modifico la estructura económica del país, también cambió la política, la cultura y el aspecto de Montevideo.

En esta ola de italianos que decidían probar suerte en Sudamérica llegó Luigi Andreoni que al final se volvió tan uruguayo que él mismo decidió castellanizar su nombre y hacerse llamar Luis. Pues bien, Andreoni era un joven hijo de un ferrocarrilero, con más vocación de arquitecto y artista que de ingeniero que era de lo que él se había graduado, que decidió justo después de graduarse de la escuela en Turín venir a Uruguay a probar suerte. Andreoni no regresa más a Italia y es en Montevideo donde logra plasmar sus ideas, su estilo y sus conocimientos emblemáticas en obras que hasta hoy dan un carácter especial a la ciudad. Sus obras arquitectónicas son admiradas por muchos y no así las de ingeniería las cuales al final resultaron más una mala que una buena idea.

Dicen las biografías de Andreoni que fue un digno representante del eclecticismo, es decir de un estilo artístico que usa un poco de aquí y un poco de allá. Yo más bien creo que no era esa su intención, en realidad era un ingeniero amante de las artes pero sin formación artística que plasmaba en sus obras lo que él había visto, lo que a él le apasionaba.

Pues bien, el legado de Luis Andreoni en Uruguay es rico y ya les iré contando de a poco de cada una de sus obras pero hoy quiero dedicar este espacio a una de sus más importantes creaciones: la Estación Central de Ferrocarril hoy llamada "General Artigas" y hoy también en abandono total desde hace nueve años.

Cuando descubrí esta estación de ferrocarril situada a unos pasos del puerto y de Ciudad Vieja quedé impactada con su majestuosidad; la imaginé funcionado en sus ayeres pero también la imaginé sirviendo para diversos fines en un futuro, espero, no muy lejano.

La primera estación de ferrocarriles de Montevideo fue un edificio provisonal que duro pocos años; después vino una más que se incendió en 1891; los trenes siguieron moviéndose y llegando a una estación temporal; mientras tanto Andreoni construía la Estación Central que inauguró en 1897. A principios del siglo XX, la estación se vuelve aún más importante cuando se conecta con la terminal marítima; finalmente, honor a quien honor merece, el bello edificio es nombrado Monumento Histórico Nacional en 1975.

La Estación Central recibía al viajero a través de una inmensa puerta colocada sobre un corredor de portales; afuera cuatro estatuas obra del italiano Bertini parece que nos dan la bienvenida: Sthephenson, Volta, Watt y Papin, quienes de una u otra forma contribuyeron a que los ferrocarriles fueran y vinieran cargados por las vías de forma eficiente y funcional. A Sthephenson le debemos las vías de acero, a Volta la electricidad, a Papin el uso del vapor como medio impulsor y a Watt el perfeccionamiento de la máquina de vapor.

Dentro de la estación el viajero esperaba bajo una bóveda sin columnas intermedias que cubría los andenes, en el perímetro la continuación del edificio principal; igual de bello, igual de majestuoso.

Años después, la Estación sufre algunas reformas pero su esencia se mantiene intacta; la boletería se muda al interior desplazando así a la cafetería y afuera los físicos padres del ferrocarril son acompañados por una bella estatua del máximo prócer uruguayo: el General José G. Artigas.

En 1998 la estación fue vendida al Banco Hipotecario del Uruguay como parte de un proyecto llamado "Plan Fénix" el cual planeaba convertir el edificio en un centro comercial y cultural. Los trenes como en muchos países latinoamericanos estaban siendo condenados al olvido (les sugiero leer "Todos abordo" donde hablo de la situación de los trenes en México).

En 2003 se inaugura una nueva y pequeña estación ferroviaria 500 metros más adelante de la Estación Central, fecha en la que que la gran obra de Andreoni fue abandonada. Ni "Plan Fénix", ni reactivación de los trenes, ni al parecer nada de nada. La estación lleva todos estos años sin movimiento y sus espacios son ya presa del deterioro.

Un grupo ciudadano llamado “Grupo de Pasajeros en defensa de la Estación Central” ha luchado desde hace años por la reactivación de este espacio; han elaborado un proyecto que desde mi perspectiva debiera ser la alternativa ganadora que incluye no sólo el uso del edificio para actividades comerciales, turísticas y de otra índole, también contempla la reactivación de la operación ferroviaria. Han reunido cerca de 8 mil firmas en apoyo de su proyecto y la información fue entregada a la Presidencia de la República.

El balón está en la cancha del gobierno; ojalá inicien un proceso de toma de decisiones y que éste mantenga siempre presente: que los trenes son un transporte barato, eficiente y limpio; que el rescate del patrimonio histórico - cultural es un escalón más en la búsqueda de la sustentabilidad y que el edificio de la Estación Central es una joya que merece ser restaurada para que luzca por si misma y haga lucir a la ciudad. 






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